Shiva es el nombre de mi perra. Es un cruce raro entre pastor aleman y otra u otras cosas. Es lo que tienen los perros que nacen en los pueblos, que no necesitan “pedigri”.
Mañana la vamos a llevar al veterinario para que le hagan unas pruebas, por que ya es mayor y al parecer tiene la columna hecha una mierda. El veterinario ya nos ha dicho que está pachucha por la edad. Aparte de la musculatura que ha perdido, le tiembla la patita derecha de adelante… está muy pachucha.
Van a ser unos días difíciles, en los que tendremos que decidir si sacrificarla o no. De todas formas, el criterio de mi padre me parece el más acertado: aguantar lo más posible hasta que ella no pueda más con los dolores. Es jodido tener que tomar esa decisión y lo más jodido va a ser que tengo yo que llevarla, por que mi padre me ha dicho que con eso no podría.
Sin embargo, quiero recordarla por todos los momentos que nos hemos dado. Desde que se la compramos a Kiko el manco por 2000 pesetas y la sacamos de un corral del pueblo.
Ella y sus hermanos nacieron debajo de un puente, cerca de la hermita, y cuando nos enteramos de que los vendían, fuimos a buscar uno. Nada más agarrarla por las axilas, la pobrecilla se echo a mear del miedo, pero después de unas horas en casa, la perra ya no se quería ir, no había que tener cuidado con las puertas: desde el principio se portó de maravilla, sabía que la queríamos.
Ha tenido la suerte de vivir al lado de la casa de campo y de que mi padre le diera entre 3 y 5 horas diarias de paseos por la casa de campo. La perra con más cabeza que he conocido, nos entendíamos todos a la perfección. Mi padre la educó de maravilla, no tenía que ir atada para no pasar sola una carretera, aunque fuera nueva para ella. Y cuando se perdía a sus cabras, la llamabas una vez y se asomaba para que vieras donde estaba, sólo se acercaba si la llamabas más veces.
Yo no la bajaba tanto, es casi imposible superar el tiempo que le han dedicado mis padres, pero recuerdo sobre todo cuando volvía tarde a casa. Siempre me quedaba acariciandola media hora antes de acostarme y ella siempre me buscaba. Más de un día me he dormido en el sofa con una mano encima suya.
Si tuviera que elegir un momento sería cuando bajamos un día que había nevado muchisimo, no se si os acordaís, fue hace varios años. La casa de campo estaba preciosa, todos los árboles cargados de nieve, de esas imágenes que te apetece recordar siempre. Estuvimos jugando con la nieve hasta que nos pusimos a hacer un muñeco y ella, entre saltos y ladridos, nos pegaba bocaos al muñeco y nos hacía a reir. Vamos, que sólo faltaba Bambi.
Sin embargo el otro día nos rompió el corazón. Nada más llegar a comer a casa de mis padres y acariciarla, empezo a quejarse. No era llorar, nos estaba diciendo que le dolía algo y se tiró gimiendo varios minutos. Me estaba hablando… joer! no es normal lo que se acaba queriendo a un animal… o si. Ánimo Shiva!!!